october 2006


Pablo Betti, paisajes del alma del color

por Felipe de Guevara


Es probable que para algunos este lenguaje, la expresión que titula estas líneas, parezca una osadía o, cuanto menos, una tautología, porque, ¿se puede llamar paisaje a un diálogo sutil del color y la luz sin referenciar más que a estos?, ¿tiene alma el color?, ¿hay alma en estas impresiones de óleo sobre lienzo, donde reverberan el mar, el fuego, el cielo, la tierra o una ventisca de azahares y amarillos?
Pablo Betti se alimenta de poesía, oye el canto topacio fluorescente del alacrán levantisco en el desierto, y lo recoge en un lienzo, para que sepamos que existe; cuando oye el mar o presiente los cánticos del cielo, todo se llena de azul, del turquí al ultramar, y el pintor los mete en sus ojos para ver con ellos; al caer el sol, la música del fuego danza y se queja, como un bandoneón en ascuas que se resiste a enmudecer, entonces las llamas se congregan en el pincel del pintor, que va escribiendo canciones de intimidad.

¡Paisajes del alma de color y de la luz! De entrada, diríase sólo color, la materia de la pintura sajelada, depurada, acariciada hasta transformarse en sueño cromático. Si dejamos un tiempo la mirada sobre el cuadro descubriremos que hay más, asistiremos a la epifanía de una sensación que va subiendo de tono, desde la levedad a la intensidad, como un amor que recorre toda la trayectoria canónica, desde su timidez a su violencia.

Deslumbran los efectos lumínicos, inquieta tanta sobriedad, tanta levitación de luz que se degrada para desnudarse y mostrar lo que hay más allá de su epidermis. El alma es un paisaje y el color cuando trasciende su mate-rialidad, desmaterializándose, se convierte en algo etéreo y volátil, fuerte, inasible, denso e incorpóreo, espiritual, en alma.
En el catálogo, escribe el maestro Horacio Safons: “…estas obras se adscriben a la denominación de paisaje, no porque pertenezcan a una geografía determinada, sino porque hacen de la interioridad un sustituto cualitativo de lo material, no porque anoten sobre la tela los datos de una percepción, sino porque hacen emerger los registros de una intuición refinada. Betti burila un mundo lumínico que se sustenta en sólida poética del color”.

Pablo Betti, argentino de Victoria, encantador de estados de inocencia, dispone de una sólida formación técnica, que evidencia en una obra expuesta en contadas ocasiones, en Buenos Aires, saliendo ahora por vez primera a EE.UU., donde luce con todo el fulgor de su brillo.

Desde sus inicios, perfumados de expresionismo, ha derivado hacia la búsqueda de la pureza, la autenticidad, la naturalidad, expresando la exquisitez de su latencia, convertida en presencia, que informa la obra de arte.

Piezas como Mar del Norte, Detrás del vidrio, Preludio, Ultramar o Luz de limón, dejan constancia de su calidad y del nivel logrado en la expresión más sutil de la pintura, en su ternura, en la emoción que comunica, en la limpieza de sus cromías, en la alta vocación de su corazón.

En “Afanes de elevación”, del poemario Filosofía barata, escribe Alfredo Zaldua: “…tironeo/ mis cometas/ con/ hilos/ de esperanza/ añado/ convicciones/ que/ cuelgo/ como colas/ mientras/ mantengo/ viva/ por brisa/ la constancia/ y/ digo/ que/ quien quiera/ puede/ volar/ conmigo”. Parecen escritos para estas inmensas y lúcidas cometas dispuestas para quien quiera volar con su autor, con ellas, para quien quiera volar.

• Art Gallery, 12 west 56th Street,Consulado General de Argentina en New York. Hasta el 28 de octubre de 2006

El Punto de las Artes, Madrid, España