november 2004


Pablo Betti, Círculo Cromático

por Felipe de Guevara


Casi desde su inicio como pintor, excepción hecha de las primeras tentativas, la obra de Pablo Betti ha discurrido por las sendas de la abstracción, almáciga del color, su alcándara desde donde vuelan las gamas que forman el pueblo de su mundo. El color hay que buscarlo, ahondando, profundizando como el árbol hacia arriba, cuando se enraíza en lo azul, que le da luz de vida, como un cuadro que renuncia a representar para presentar.
Pablo Betti, San Fernando, prov. de Buenos Aires, 1955, puede presumir de una ancha y densa formación, en diversas técnicas, con varios maestros argentinos, como Aurelio Macchi, Ramón Castejón, Alfredo de Vicenzo, Guillermo Roux o Carlos Aschero; dibujo, pintura, talla, litografía, grabado, pintura mural, acuarela, creatividad... Todos los rincones explorados, todos pasados por el cedazo de su sensibilidad, para explayarse en el color, en la pintura-pintura, como se dice ahora, que reverbera sentimientos sin puntos referenciales.
En estos momentos, en los que el arte camina por el filo de la navaja de la frivolidad, en los que la pintura se deja al albur de la ocurrencia y el chafarrinón, con un evidente menosprecio a todo lo que no sea fotografía o archiperre de vocación sociológica, es muy importante que artistas, de acá y de allá, privilegien su quehacer investigando la pintura, como evidencia esta obra, ya como destino, ya como testimonio generacional.
Desde 1981, Betti ha intervenido en diez colectivas en Argentina y Estados Unidos; en 1989, realiza su primera individual en BsAs y ésta es su sexta personal, que alumbra una clara depuración de su concepto y una apuesta decisiva por la desnudez de artificios para mostrar lo que late en el color, tras el color, desde las cromías que se mezclan y trabajan para arder.
Círculo cromático está en la órbita rothkiana, pero no es Rothko, ¡no tendría sentido!, es una incursión en la sutileza de la materia cromática, en la viveza de las gamas que perfilan paisajes, estados de sentir y de ser, estados de acercamiento al meollo, al ámbito de la epifanía de la dimensión.
Pareciera una obviedad, una recurrencia, pero tiene esta pintura el rango de la cosas sencillas que importan, es como uno de esos poemas de Hamlet Lima Quintana donde parece que no pasa nada y pasa todo, el hombre se vuelve pájaro, hambre, color, sensación, sentido, y vuela y canta y corre y se muere, para que lo vean sólo quienes tienen que verlo, ¡tampoco hace falta más!
Pablo Betti se enraíza en la poesía del color y la palabra para decir con luz y colores lo que no se puede decir de otra manera; no para ser más profundo o más adusto, sino para construir un lenguaje de gradaciones cromáticas que nos lleva de un estadio a otro como la varita que va señalando los hitos de una cartografía. Pintura no plana sino plena, que experimenta y nos hace experimentar otros mundos y categorías, en este mundo enloquecido de problemas trabajados, no azarosos, que hacen que haya que defender ferozmente la evidencia.
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• Niko Gulland, Art Dealer, Bulnes, Buenos Aires. Hasta el próximo 4 de noviembre de 2004

El punto de las Artes, Madrid, España.

Felipe de Guevara (Tomás Paredes Romero)